La soledad se llama
caricias, de otro modo:
en mis labios tu nombre
es un mantra potente.
Tu nombre, como el mío,
es una apelación.
Pero nadie lo escucha,
salvo Dios, que no existe.
Me autohipnotizo, pues,
con tu sonoro nombre.
(Las caricias terminan
en una canaleta.)
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