¿Cómo es mi rostro ahora?
¿Qué pensarías que
estoy pensando? Escribo
muy laboriosamente
este poema casi
silencioso sabiendo
que nadie en esta noche
piensa en mí, ni siquiera
ese famoso Dios,
que no existe. No digas
que no voy a morir.
Preparo mi epitafio.